Se parte de una intención sencilla
No se diseña un objeto abstracto, sino un acompañante para un gesto repetido: sostener agujas mientras se cose o dejar una taza caliente sobre la mesa sin prisa.
Antes de cualquier catálogo o ficha técnica, hay un bloque de arcilla húmeda, un cuenco con agua y las manos que deciden la forma. Así arranca cada alfiletero y cada posavasos que sale de KTM Plots.
La intención es sencilla: piezas pequeñas para gestos que se repiten sin prisa, como sostener una taza o dejar las agujas quietas sobre la mesa de costura. El torno da la forma base, después se alisa, se deja secar al aire y se prepara para el esmaltado. No se corrigen las huellas ni las variaciones leves de la superficie, porque forman parte de la memoria del proceso. Trabajamos en series cortas, con gres y acabados mates, aceptando que ninguna pieza repita exactamente a la anterior.
Antes de hablar de catálogo o de técnica, conviene entender de dónde sale un alfiletero o un posavasos. Todo arranca en la mesa de trabajo: un bloque de arcilla, un cuenco con agua y las manos que deciden la forma. A partir de ahí, cada gesto deja una huella que la pieza conserva.
No se diseña un objeto abstracto, sino un acompañante para un gesto repetido: sostener agujas mientras se cose o dejar una taza caliente sobre la mesa sin prisa.
Alfileteros y posavasos nacen centrados en el torno. La forma baja y ancha mantiene las agujas firmes, y el canto se alisa con la esponja antes de que la arcilla pierda humedad.
Cada pieza reposa al aire el tiempo que necesita. Apurar este paso abre grietas que después no se pueden corregir, así que el taller trabaja con los tiempos de la arcilla, no contra ellos.
Las huellas del torno, los bordes ligeramente distintos y los cambios de tono entre piezas no se esconden. Forman parte de la superficie mate y de la memoria del proceso.
Si quieres ver cómo se traduce esto en piezas concretas, revisa las piezas del taller o consulta los recursos sobre materiales y cuidados.
Antes de hablar de piezas terminadas conviene entender cómo se suceden los días en la mesa de trabajo. Cada objeto pequeño pasa por las mismas manos y por tiempos que no se pueden acelerar sin consecuencias.
El gres se recibe en bloques y se guarda húmedo bajo un paño durante unos días. Si se trabaja recién cortado, la masa se tensa y la pieza tiende a agrietarse al secar. Ese primer reposo es aburrido de mirar, pero define si el alfiletero aguantará el torno sin deformarse.
Se centra el bloque, se abre el hueco y se levanta la pared hasta la altura prevista. Un alfiletero bajo y ancho pide menos fuerza que un posavasos extendido, así que la sesión se organiza por familias de piezas para no cambiar de ritmo a cada momento.
Las piezas se cubren con plástico para que pierdan agua de manera uniforme. Cuando la arcilla está firme pero todavía fría al tacto, se retornea la base, se pule el canto y se firma la huella del taller. Forzar este paso deja rebabas que luego se notan en la mesa.
Tras varios días de secado al aire, las piezas entran al horno eléctrico en una cocción lenta hasta los 1000 °C. Aquí la arcilla cambia de color y se vuelve porosa, lista para recibir el esmalte. Es el momento en que se descartan las que presentan fisuras internas.
El esmalte se aplica por inmersión y se limpia el canto inferior con una esponja húmeda. La segunda cocción, más alta, funde la superficie y produce las variaciones de tono entre ceniza y ocre que distinguen cada pieza. El resultado mate nunca sale idéntico dos veces.
Entre la primera idea y la pieza usable pasan varias semanas. No es una cifra que se pueda comprimir sin perder lo que hace particular a la cerámica hecha a torno: superficies que conservan la memoria del proceso y aceptan sus irregularidades.